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Blass de Jesús García, Una Historia que Inició Antes de él y no ha Terminado

5.28. 2020 Written By: Javier Márquez

Hace 15 años o más fue cuando sucedieron los hecho que cuento en la siguiente memoria. Iba yo en un bus por la autopista sur de Bogotá, un viaje nocturno de camino a mi casa en Suacha, sobre las piernas de mi madre, vestido con una chaqueta gastada de blue-jean, un pantalón rojo, adormilado y con mi mejilla apoyada sobre la ventana que quedaba del lado del asiento la cual vibraba al tambor de la carrocería. Esa fue la vez primera que recuerdo tener consciencia de la montaña de Cazucá, un gran cerro donde viven miles de personas y cuyas luces, que alumbran desde el interior de sus pequeñas casas a medio construir, se alcanzan a ver  a kilómetros de distancia bajo la soberanía de la noche. Aquel día me dije, con una idea nacida para dar imagen a mi pensamiento siempre que he vuelto a ver el mismo paisaje: ´Se parece a un jardín de estrellas´.

Después conocí el perfil demográfico, Cazucá es un sector poblado en su gran mayoría, por no decir su totalidad, por desplazados que han venido de todos los rincones del país. Cazucá es de muchas maneras un destino probable para cada persona humilde, campesina, nacida en los cientos de aledaños de la Colombia profunda, quienes por desgracia y desdicha se juegan su provenir al azar que impone la directriz de los fusiles. Me atrevo a pensar que, por nada más que casualidad, los padres de Blass García no llegaron a esta montaña, parecida en la noche a un huerto de luceros, cuando fueron desplazados por las Autodefensas del Córdoba.

Entre los años 80´s, 90´s y parte de los primeros años del nuevo siglo los grupos paramilitares azotaron con terror y violencia muchas poblaciones colombianas. Asesinando y desplazando miles de personas. Para esa época los padres de Blass eran una familia hacendada y su padre un pastor presbiteriano que dirigía una iglesia de la zona. Blass aún no había nacido, cuando de la noche a la mañana sus padres fueron amenazados, obligados a salir de sus tierras para ser tomadas por estos grupos criminales.

Salieron de Valencia-Córdoba y llegaron a la ciudad de Barranquilla, en la costa caribe de Colombia. Y poco después nació Blass, pero aquí viene un dato de sumo valor para reconstruir la personalidad de Blass de Jesús García: el niño nació y creció observando, siendo testigo de esos profundos daños en su padres que causó el desplazamiento forzado; hecho que hizo por ejemplo que a su padre dejaran de llamarlo ´Don Manuel´ a  ´Manuel el desplazado´, y que hizo de él un hombre habitado por la nostalgia y contrariado por su fe cristiana, en una ciudad grande como Barranquilla, alejado de sus campos, sus mañanas tranquilas, el olor de los animales, el olor del trapiche.

Si hay un don en Blass García debe ser ese, el de detenerse para observar; eso habrá sentido en común con la personalidad del mismo Jesús que defendió a los niños y vivió en palestina. Blass es una persona, con su peinado de bachillerato público, y sus lentes que enmarcan una personalidad analítica –en lo de fondo- , y decisiva –en la forma-, alegre, que parece darle lugar a los motivos de celebración y definitivamente entusiasta.

En su juventud conoció la iglesia Menonita de Colombia y su trabajo por la objeción de Conciencia y la Noviolencia, entonces se vinculó a los procesos de activismo por la paz que ya tenía la iglesia en aquellos tiempos.

“Me impactó el mensaje de paz que aprendí a la luz de la palabra de Dios. Quiero dedicar mi vida a esto, dije en aquellos días. Entonces me vinculé a los grupos de objeción de Conciencia. Tenía razones, mi familia lo había perdido todo por la violencia, habían asesinado a familiares, habían desplazado y asesinado a amigos, yo me empecé a preguntar ¿Cómo llego a jóvenes para mejorar esto?”.

Así fue que en su juventud comenzó a recorrer la costa caribe colombiana, sensibilizando sobre la necesidad de la paz, tratando de reflexionar con los actores del conflicto sobre temas como la reconciliación y haciendo pedagogía sobre el derecho a la objeción de conciencia al servicio militar. Su mayor motivación era tratar de desvincular o evitar la vinculación de los jóvenes a los distintos grupos armados, legales o ilegales, que operaban en la región.

Si lo vemos en perspectiva, era otro loco más gritando en el desierto. En aquellos días, con el gobierno de Álvaro Uribe, con la política de la Seguridad Democrática pro estadounidense, ser una persona que promoviera la solución pacífica del conflicto era una razón de burla, un disparate asociado a la insolación, algo semejante a un vértigo causado por beberse el agua directamente de la llave. Y era sumamente peligroso porque se corría el riesgo de ser tachado como un infiltrado del grupo contrario.

Trabajar por la paz en un país en guerra nunca ha sido fácil y, sobre todo, trabajar por la paz desde una perspectiva cristo-céntrica, en una sociedad religiosa como la colombiana, no solo suele generar la idea generalizada de estas personas como seres desorientados sino además como gente picada por algún bicho raro.

Una vez, en tiempos del proceso Justicia y Paz del gobierno de Álvaro Uribe, Cedecol (Concejo Evangélico Colombiano) realizó un taller por medio de la comisión de Restauración con un grupo de desmovilizados de un frente paramilitar. En este participo un Blass García de cabello largo, “en esos días asociaban el cabello largo con la militancia de izquierda”, hablando sobre la noviolencia y también siendo entrevistado por el mismo comandante paramilitar, acción de mucho temor y bastante osadía por las mismas maneras de señalar y operar de estos grupos.

Blass de Jesús García, como cualquier estudiante de ciencias sociales y filosofía, llevaba una labor más ambiciosa que la simple proclamación de la paz, su deseo honesto era el cambio, la resistencia empezada desde el mismo lenguaje, o sea, el cambio de consciencias y modelos de vida.

“En esos días entendí que la paz empezaba desde la familia”, confiesa Blass.

Más adelante tuvo la oportunidad de trabajar junto al nobel argentino de paz Adolfo Pérez Esquivel haciendo recorridos por más de 13 países, compartiendo sobre sus experiencias y aprendizajes sobre la paz.

“Aprendí que la violencia no era solo la armada, no solo se trataba de desmilitarizar el país de los grupos armados, había algo más hondo y poderoso en nuestra conciencia. Había que desmilitarizar las instituciones como la familia, la iglesia, la escuela, que están cargadas de elementos militaristas, patriarcales”.

Con su esposa Jennyffer Trens Martínez, compartieron, desde diferentes trabajos, este llamado de compromiso por la paz. Siempre con Jesús como su modelo, entendiendo el servicio como un trabajo desde y para los oprimidos.

Pero la misma naturaleza de su trabajo lo llevaba a ríos más largos y manantiales más profundos, que suelen interiorizar con más frecuencia que lo que suelen desbordarse. De esta manera Blass me contó que en un momento empezó a descubrir que para trabajar por la Reconciliación era necesario “sanar cosas, heridas, pensamientos” y se preguntaba con frecuencia “¿Cómo podría trabajarse la reconciliación entre víctimas y victimarios? ¿Cómo podría enseñarse sobre la reconciliación sin que sonara a impunidad sino como el amor de Jesús?”.

Pero los años pasaban y en su vida comenzaba a sospechar la insatisfacción que preludia los virajes necesarios de la vida. “Me hacía falta algo”, entonces comenzó a trabajar desde su interior.

“Comencé a rediseñar mi vida. A trabajar desde mi interior, esto me llevó a ver de nuevo a Jesús como un modelo y revisar que parte del proyecto de Jesús fue crear una comunidad, lo que significaba ´Crecer juntos en comunidad´, así empecé a descubrir mi llamado pastoral. Esto hizo reencontrarme en mis raíces”.

Como autor de este artículo no puedo perder la referencia del hecho de que Blass nació en una familia desplazada, teniendo que lidiar con el desarraigo, con la pérdida de su proyecto de vida, con la vida en un lugar lejano y distinto a su hogar, y por eso se debe leer con mucha atención y comprenderse el sentido profundo que abrazan las palabras de Blass cuando menciona el reencuentro con sus raíces y cuando poco antes menciona que algo le hacía falta.

Después de esto Blass decidió tomarse un año sabático y en oración, año en el cual junto a Jennyffer  empezaron a pedir guianza de Dios y a buscar opciones de ministerio con la iglesia Menonita. Estuvieron contemplado viajar a Bogotá e incluso irse como familia en un plan de misiones, pero finalmente les vino la opción de pastorear la iglesia Celebra, una comunidad cristiana Menonita en la costa colombiana.

Hoy han empezado este proyecto familiar en respuesta al llamado de Dios y a su propia inspiración del corazón. Son una pareja pastoral joven, con sus dos hijos Blass David y Lucas Samuel. Son una pareja con ideas nuevas, con propuestas y sueños ministeriales dentro del mundo anabautista. Algo interesante es que la predicación la hacen juntos, esposa y esposo, como un diálogo. Su sueño es impactar el país desde su ciudad y esto, en palabras de Blass, los ha desafiado a salir del molde.

Hoy Blass de Jesús García se ha vinculado con el Seminario Bíblico Anabautista Hispano, SeBAH, llevado por esa misma necesidad de prepararse para su nuevo trabajo, que es el único que lo ha hecho sentirse totalmente realizado en su propósito de vida. Es un estudiante más, que se prepara por el ánimo de seguir sirviendo a Dios en medio de una comunidad de creyentes basados en las enseñanzas y vida de Jesús.

Yo conocí a Blass y a su familia un año largo atrás en finca cercana a la ciudad de Armenia en medio de un campamento juvenil anabautista, que se hizo en la zona cafetera por una capacidad persistente y asombrosa de loa otros líderes de la iglesia, de hacer el campamento en medio de cafetales a pesar de la buena argumentación y la catedra convincente -sin esperar algo distinto de cualquier otra costeña-  de Jennyffer, para que el campamento de jóvenes se hiciera mejor en Barranquilla frente a las olas del mar. No se hizo, un poco también mi culpa y la de los otros que queríamos conocer los míticos cafetales, pero la buena amenaza quedó colgada en las cuerdas para secar ropa: “el próximo nos vemos en la costa, frente al mar, y con dieta de arroz con coco”. Y aunque hay otros parajes maravillosos que merecen atención ya se saben al menos dos cosas, la primera, que no hay remedio, así como la selección colombiana de futbol no tuvo remedio cuando volvió a su casa en Barranquilla, y la segunda que no se puede viajar pa´ el cielo e ir llorando.